domingo 1 de noviembre de 2009

Ιδού ο άνθρωπος (Ecce Homo) [¡¡He aquí al hombre, vaya!!]

Para mí, yo he permanecido siempre el mismo: más ardiente que ilustrado en mis pesquisas, pero sincero en todo, incluso contra mí…”[1]. Sería un hombre muy feliz si pudiera afirmar tal cosa de mi persona, pero a la corta edad de diecinueve años me doy cuenta de que tengo la mayor parte del camino delante de mí y que aun no puedo mirar atrás para hacer un análisis de lo que ha sido mi vida. Sin embargo, la tentación es muy grande y he sentido una necesidad de evaluar prematuramente lo que hasta el momento he vivido y hecho para darme una idea de quién soy.

Puede sonar paradójico, absurdo incluso, pero es mucho más doloroso de lo que pudiera parecer el verme aquí, sentado frente a la computadora, escribiendo estas líneas sin tener la certeza plena de saber quién soy. Creo saber algunas cosas relacionadas con la vida, algunas —las más particulares— son el producto de lo poco que he vivido, otras —las que pretenden tener una tendencia generalizadora— las he adquirido gracias a lo que he leído y a mi incipiente estudio de la Filosofía. No obstante, si el día de hoy me tuviera que enfrentar al juicio de otro —o al mío como es el caso— y me hiciera la pregunta “¿Quién eres tú?” no creo ser capaz de responder con suficiencia.

¿Para qué responder? Podrían preguntarme. ¿Tiene realmente importancia saber quién soy? ¿Acaso es esta pregunta el resultado de mi excesivo ocio? O lo que es aun más radical ¿El saber quién soy me hace mejor persona? Comencemos pues, por responder al segundo cuestionamiento con otra pregunta: ¿Cómo se puede vivir, actuar o pensar si no conozco lo más esencial, que soy yo? Partiendo de la idea de que el dialogo es la base de todo conocimiento —ya sea un diálogo con otra persona o con alguna cosa[2]—, si me desconozco, estaría imposibilitando tal diálogo, pues la condición para que lo haya es que existan al menos dos partes que se comuniquen y si me desconozco, una de esas partes estaría coartada y por ende el conocimiento que obtenga por medio de dicho proceso sería parcial e incompleto. Conocerme me permite conocer al mundo y a los otros.

¿Cómo responder a esta pregunta? He aquí otro problema de gran magnitud, una vez planteada la pregunta no sé cómo deba responderla. No sé si deba contestar partiendo del hecho de que soy un humano —desde la antropología filosófica—; partir afirmando que soy un individuo inserto en una sociedad —desde la filosofía política—; o partir del supuesto de que soy un sujeto humano con una conciencia y una voluntad que determinan mis acciones —a la manera de la ética—. No puedo hacerlo desde la ética, pues tanto ella como la moral surgen en el seno de una sociedad. Efectivamente, si no hubiera sociedad, la ética no tendría razón de ser; tampoco podría hacerlo desde la filosofía política, pues no tengo certeza alguna de que sea natural en el ser humano formar sociedades o si éstas son el producto de la conveniencia de sus miembros. Como ya eliminamos casi todo, sólo nos queda una opción: La Antropología Filosófica.

Ya tenemos el punto de partida, ahora resta determinar el modo de andar para contestar tan angustiante cuestión. Como cualquiera de mis contemporáneos, debo hacerlo por vía de la inmanencia[3] , pues si lo hiciera de otro modo, por medio de una instancia de orden trascendente —como Dios o cualquier tipo de ser metafísico— no tendría certeza de que lo que digo tiene validez o bien podría, como tantos han hecho, contradecirme y perder credibilidad.

Solo me resta aclarar dos cosas bien importantes.

La primera: Si bien digo que el diálogo es la forma en que el conocimiento se adquiere, en este escrito, la palabra diálogo tiene otra asepción. El diálogo, como se emplea usualmente, suele confundirse con las charlas o pláticas característicos de reuniones de amigos, esto es sólo una parte del diálogo. En éste sentido, el diálogo tiene que ver más con su etimología, es decir, una extensión del logos (o bien, la razón) de del sujeto hacia el otro. Una confusión de tal naturaleza es comprensible y hasta cierto punto aceptable, sin emargo, implica situaciones que es mejor evitar. En primer lugar, con un amigo no se puede hablar de forma sistemática, ordenadora y sobria, cosa que es necesaria si se quieren responder preguntas tan importantes. En segundo lugar, una charla entre amigos rara vez utiliza un lenguaje cauteloso; es muy cierto que las cuestiones propuestas por mi pueden abordarse de ambas formas, sin embargo, para mis propósitos, el adecuado uso del lenguaje es vital (Lo siento, no encontrarán aquí frases chistosas ni juegos de palabras).

La Segunda (Derivada de la primera): Si bien éste no es un estilo bien acabado, sino más bien es una mezcla deforme de otros muchos, eso no es motivo para tomarme a la ligera esto, éste blog será el laboratorio donde experimentaré con dos cosas: Mi pensamiento que dará origen a trabajos de investigación (eso espero) y este primitivo estilo. Espero ser capaz de hacerles ver la evolución de estas dos cosas y de mi persona, parte fundamental de todo pensamiento y que casi siempre queda olvidado. Los pensadores suelen ser reducidos de la siguiente manera: Nació, Pensó y Murió, pocas excepciones se salvan de esto, espero ser una de esas excepciones. A lo que voy es que para mí pensador, contexto y pensamiento forman una unidad, y quiero hacer expreso eso en escritos ulteriores. Finalmente, por si no fue suficientemente claro, este es un camino larguísimo, que espero quieran recorrer conmigo.

Dixi



[1] Rousseau, Lettre à Monseigneur de Beaumont

[2] No se precipiten, no he consumido drogas, luego explico este punto.

[3] La inmanencia pretende explicar a las cosas a través de sí mismas, a manera de las ciencias.